Me encontré con él- V. G. Guillán

Me encontré con él

 

Los casposos altavoces hacían vibrar en todo el espacio las voces de Bessie, la emperatriz, y del soberano de la corneta, Louis; el restante contenido del lugar (animado e inanimado), añadía todavía más y más ondas al sumatorio; la propagación infinita de ese tremendo pelotón excitado y trémulo, generaba un artificioso y acogedor ruido blanco que no dejaba en libertad una sola frecuencia, esto originaba una sensación de que el tiempo transcurría a otro ritmo, con una cadencia más pausada, sin compás; era extraño, acaso incomprensible, y sin duda, delicioso.

 

La temperatura exterior, bajo cero; dentro, donde parecía que estaban todas y cada una de las acciones y reacciones que ha conocido la humanidad, unos resquebrajados ventiladores de techo lo mezclaban todo, y repartían constantes, de forma equitativa, los humos y la agradable y cálida temperatura.

 

No sabría ubicar, en la línea temporal que rige la vida, este preciso instante; quizá comparto el final de la década que ha visto la última gran guerra o el principio de la siguiente, quizá todo se ha ralentizado tanto, que las pocas horas que me parecen aquí dentro, se hayan convertido en décadas fuera; acerca de este preciso lugar, una encantadora cafetería en la iluminada París, quizás.

 

Mentes abiertas, estrechas, desoladas, cerradas, extremas, subversivas, trastornadas; demasiadas, agolpadas, reunidas; compartiendo espacio y tiempo; ¿percibirán todo lo que está sucediendo de la misma forma? De la misma forma, nunca, lo sé, pero, ¿parecida? me temo que tampoco; ¿serán conscientes de las infinitas cosas que están ocurriendo en este limitado y prodigioso recinto o esta compresión está reservada solo a mi perturbada cabeza?

 

Algo me circunda… ¿Pueden estar más de una mente en un mismo espacio en el mismo momento? Nietzsche pensaría que no es moral, Fermat que improbable y Einstein que imposible.

 

Lo cierto es que mi mente, cuerpo y alma, junto a una manada indeterminada de cerca de la centena de otras tantas tríadas, coincidimos, aquí y ahora, en esta especie de refugio de las ideas, de cueva de pensamientos. ¿Cómo evitar que se mezclaran? Impensable.

 

Me siento en el fondo, en una parte de la larga hilera de sofá de pared que culmina esta especie de trinchera; las mesas de mármol blanquecino se visten con delicados candelabros de cinco brazos dispuestos en línea, simétricos, mostrando una dorada semicircunferencia; luces y sombras juegan a un baile que parece no tener final.

 

Flotando, zigzagueando, esquivando; entre la media altura y la frontera límite que marca el lejano techo; decenas, cientos, millares; si acaso, decenas de miles de posibles e imposibles; de auténticas y falsas; de ingeniosos e incautos; de pusilánimes y atrevidas. Se trataba de una trepidante acción que nunca tendría fin; mezclándose y colisionando, formando novedosos entes; separándose, creando nuevas formas; simplemente desapareciendo.

 

Todos y cada uno de los pensamientos, ideas, sentimientos; convertidos en inefables cosas flotantes; aquellas de las que alguno de los presentes hemos sido conscientes alguna vez; de las que todavía no hemos tenido conocimiento; y también, las que nunca llegaremos a conocer y que permanecerán nadando en el éter; tantas y más todavía que nos serán inalcanzables.

 

Sin saberlo, me era mostrado, sin máscara; ese mundo del que muchos fueron los que hablaron, menos los que escribieron, más los que lo pensaron  y no sabemos cuántos los que lo tuvieron realmente ante sus ojos; estaba aquí, ahí, alrededor; el nido de las ideas, el mundo de los pensamientos, la tierra de los sentimientos.

 

El azar(¿o destino o providencia? lo desconozco), quiso que el anhelo de mi beso, que era una de entre esas infinitas cosas flotantes, se encontrara con el deseo del beso de ella; esto ocurrió en una de las trece esquinas,  a media altura, cerca de una de las siete ventanas que miraban lo vertiginoso del tiempo exterior y que custodiaban el armonioso compás del interior.

 

Inmediatamente, pude observar cómo ambos se mezclaban. Al instante, noté que algo se activaba en mi organismo, cómo ciertos mecanismos comenzaban a generar diversas sustancias y cómo todo se encadenaba y expandía por todo mi ser; mi cuerpo de repente se estremeció con gozo; ella, situada enfrente de mí, en el centro lejano de esta guarida, notó que sus mejillas mostraban un sonrojado más y más sólido;  su cuerpo temblaba, ligero, se agitaba suavemente con un placer perceptible pero contenido.

 

No sé cómo, y quizá tampoco cuándo ni dónde, pero sí sé algo con certeza absoluta: me encontré con él, y en mi memoria, la diferencia entre que el acercamiento haya sido físico o no, no existe, se trata del mismo recuerdo, de la misma sensación, nada lo distingue entre todas mis reminiscencias.

 

[…

Mientras agarraba el pomo de la puerta para salir al exterior, a algo se le daba forma en mi mente: ¿Será la forma corpórea nuestra, a la cual se le otorga todo el valor en la existencia, nada más que un defecto de observación ilusorio en la nada, es decir, un imaginario y todo lo que sucede realmente no son más que interacciones entre cosas flotantes?

…]

 

 

V.G.Guillán

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